| Nota corresp. a 13° edición¦[ Junio ~Julio] |
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| El
viejo mateaba con esa larga paciencia de los pescadores mientras el río
hacía plash, plash a sus pies. Lo saludé y me extendió un mate, sonriendo.
Su piel con pocas arrugas tenía el tono marrón dorado del agua. -¿Gusta? -dijo. Y yo me senté en el suelo y tomé mate con él. Hablamos de la pesca y de la creciente. De los días y las noches en que tenían que dejar sus casas y alojarse en galpones del puerto o en alguna escuela. -El río da y quita -comentó. -Pero es mejor estar cerca del río. Me contó también que la canoa ya estaba muy agujereada, que él y sus siete hijos varones sabían nadar pero que su mujer y sus cuatro guainas, no. -Son muy vivas las mujeres. Así, no las puedo mandar a pescar -se rió malicioso. -¡ Ja! -comenté- A lo mejor saben lo que hacen ¿No?... Y en ese momento descubrí algo colgado a su cuello, un pequeño amuleto. |
Era un huesito triangular. Me puso muy curiosa. -¿Y eso? ¿Qué es? -Es para la fuerza, para la larga vida, para la suerte. Es un huesito de dorado. Del primer dorado que supe pescar en mi vida. Estaba orgulloso. Cuentero, como todo viejo del Litoral, me fue desgranando la historia que ahora cuento. Los indios abipones vivían a la orilla del río Paraná. Tenían la piel bronceada y era gente muy hermosa. Tenían también un dios que los cuidaba. El Dios les enseñaba a pescar, a cazar, a tallar sus canoas y a construir sus viviendas. Les hablaba sobre la valentía y también sobre la paz. Y les hizo descubrir que cada semilla podía tener adentro un árbol. |
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Las
tribus le agradecían con ofrendas: fogatas, frutos y collares hechos con
huesos de pescados.
Un día el dios Tupa estaba de recorrida observando si todo andaba bien , por el río Paraná. Quería saber si la corriente fluía lo suficientemente fuerte. Si lo sapos y las ranas navegabán cómodos sobre los camalotes. Si el agua tenía su debido color café. Si la greda estaba consistente como para hacer vasijas. Si la arena seguía fina como la piel de los niños. Si el grito de la cotorra era verde. Si los jóvenes sabían cuidarse de las palometas que comían como leones. Quería saber si la yuca crecía con raíces buenas y gordas para que todos comieran. Si el tala seguía dando ramas finas y sin nudos para construir arcos. Quería saber también si el junco estaba flexible para ser tejido y si los dedos de las indias seguían afinando largos, largos hilos ásperos para hacer hamacas en las que dormirían los niños. Y si, cosa más, cosa menos, todo andaba allí. |
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Tupa
se agachó como solía hacerlo y puso un dedo en el agua, rascándole el
lomo al río. Al levantar la mano contra el sol vio cómo una gota se deslizaba
por el dedo y quedaba hamacándose en la punta con brillo de lágrima.
En esa gota Tupa solía mirar el futuro. Y vio lo que ocurriría muy pronto, reflejado en la gota de agua. Vio a muchos hombres que tenían las caras de color de las nubes blancas o rosadas del atardecer. Bajaban de barquitas que habían remontado el río y cargaban extraños objetos. Menos las caras, sus cuerpos estaban todos envueltos. Algunos tenían el pelo amarillo. Otros, más oscuro, o rojizo, o negro. Y muchos tenían pelo en las caras, como los indios nunca lo habían tenido. Hombres de trajes de metal. Con metal se cubrían la cabeza y de metal era el ruido de sus armas. En fila de hormigas se internaban entre los árboles. Los indios salían a recibirlos asombrados y temerosos. Y poco a poco, como en un sueño, las tribus iban desapareciendo ante un gesto de los hombres de traje de metal. Sólo los hombres blancos quedaron en el monte, en los islotes. El río ya no tuvo rostros indios para reflejar. Todo esto vio Tupa en la gota de agua. -Es un presagio -dijo. -Es un aviso del río. Tupa reunió a las tribus y les contó lo que había visto en la gota de agua. -Es un aviso del río -les dijo. -Debemos escucharlo. Pensativo, Tupa miró la naturaleza, como repasándola. Luego de leer en ella durante un rato dijo: -Si los blancos golpean con la dureza del granizo, ustedes serán el caparazón de la tortuga. Si hieren como flechas, ustedes serán el cuero del chancho del monte. Si soplan como el viento norte, serán semillas voladoras. Si queman como el fuego, serán agua. Si tienen la fuerza del río, ustedes serán peces. La tribu se llenó de rumores que fueron subiendo y luego se acallaron para dar lugar a la respuesta. - Seremos peces -contestó la tribu -viviremos en el río porque es nuestro. Y Tupa los fue convirtiendo uno a uno en magníficos peces peleadores, valientes y prolíficos que centellearon en las aguas del río para que la raza abipona no se perdiera. Y ahí andan los dorados, meta vivir en el río. |
| Dijo
el viejito sorbiendo el mate. Yo suspiré como se suspira cuando uno termina
de escuchar una historia. -¿Y el huesito? -pregunté. -Llevo este huesito desde que era chico. Porque ahí está la gracia del asunto: uno tiene que llevar el huesito del primer dorado que pescó en la vida. Por eso no se lo regalo a usted -aclaró con picardía-, porque mi suerte, seguro que no le va a servir. |
Noticias sobre los Abipones Cuentan las crónicas que cruzaban la confluencia de los ríos Paraná y Paraguay a nado... "Ellos estaban bien tranquilos, donde otros aún en buenos barcos andarían llenos de terror por la razón de la anchura, profundidad e increíble rapidez del río en esa parte". (...) "El vestido típico de los Abipones es un trozo de tejido sin adornos, sin adornos algunos o cortes especiales, la cual ellos tiran sobre sus hombros sujetando un extremo de la misma a su brazo izquierdo y dejando en libertad el brazo derecho. Sujetan este vestido hecho de lana de muchos colores con una cinta de lana, (...) "Al saltar a caballo sujetan este vestido con las rodillas, a fin de no quedar desnudos. Ese es su único vestido pues no usan calzoncillos, ni medias, ni zapatos". Martín Dobrizhoffer "Historia de los Abipones". Siglo XVIII |
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